Una idea de negocio
Cuando estaba en casa cuidando y viendo crecer a Juanita se me ocurrió la idea de pedirle a Dios dictar clases particulares en casa. Necesitaba un ingreso y una actividad que complementara mi rol de mujer. Oré en la ducha, como muchas veces lo hago. Oro en ese lugar porque, así como Dios no pide palabras rebuscadas para hablar con Él, tampoco demanda posturas corporales para orar, ni lugares, ni tiempos. Él está siempre ahí, es omnipresente, y está presto a oír lo que queremos decirle. Incluso, conoce nuestras palabras antes de pronunciarlas. Le pedí a Dios que me enviara un alumno, y cuando salí de la ducha recibí una llamada. Era una mujer que solicitaba mis servicios: su hija y su sobrina necesitaban clases de inglés. Dos días más tarde comenzamos las clases. Me gané treinta mil pesos ese día. Por la noche, fuimos a visitar a una amiga y Dios me pidió entregarle mi dinero. Ella era viuda, lo necesitaba. Yo no quería hacerlo, pero di todo lo que tenía por obediencia. La semana siguiente, tenía tantos alumnos que no sabía cómo ubicarlos en los horarios. Dios había multiplicado ese dinero a novecientos mil, y trabajando desde mi casa. En la Biblia encontramos muchos pasajes que hablan de las primicias. Entregarle a Dios lo primero que recibimos de nuestras cosechas; lo primero y mejor que recibimos, para demostrar, por un lado, la fe que tenemos en la sobreabundante provisión de Dios, y por otro, la dependencia que tenemos de Él. “Lo que tú me diste es lo que hoy te traigo”. Nada es nuestro: todo pertenece al Señor. Por supuesto, existen opiniones divididas en cuanto a diezmar, ofrendar y entregarle las primicias a Dios; pero lo importante aquí no es nuestro punto de vista ni nuestra opinión, sino lo que está establecido en la Biblia. Independiente de que haya discusiones teológicas al respecto, cuando tienes una experiencia propia y real de parte de Dios, nadie está en posibilidades de negarlo. Es tu experiencia. Tú mismo puedes ensayar, poner en práctica los principios bíblicos, comprobando por tu cuenta si de verdad funcionan. Muchas personas me dicen: “Bueno, yo prefiero darle a los pobres”; y yo respondo: si eres padre, sabes que las cosas no siempre son como los hijos prefieren, sino como los padres lo establecen. Así lo estableció Dios. Por supuesto que la Biblia habla de darle al necesitado. Dice que a quien a los pobres da, a Dios le presta. Claro que debemos compartir lo que tenemos con los más necesitados, pero esto no significa que podemos negociar los principios establecidos por Dios. Creo que devolverle a Dios un poco de lo que recibimos de Él es una manera de manifestar el más grande mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas, y con toda tu mente. Han pasado más de diez años de esta oración y los niños siguen llegando por cantidades, porque simplemente Dios es real.